Roberto Bolaño y Monsieur Pain
Un poco turbado por la novedad de la situación le rogué que tomara asiento mientras procedía a cambiarme en el cuarto contiguo. Pareció no oírme; durante unos instantes permanecimos inmóviles, como si nos contempláramos desde un ángulo hasta entonces inédito, ambos envueltos en algo que se asemejaba a la urgencia y a la timidez. Del exterior no llegaba el más leve ruido, sí acaso un murmullo a cosa indescifrable en el aire, a materia suspendida, y la luz que contorneaba su figura, poseía la intimidad gris de ciertas mañanas parisinas.
