El síndrome de Diógenes (Juan Ramón Santos)

 “Todo comenzó el día que me dio por ladrarle a la Bulldog, aunque la verdad es que ni la señora se llamaba Bulldog ni mi reacción fue tan súbita como pudiera parecer así contado, pues la cosa venía de antes. En realidad llevaba algún tiempo sintiendo un impulso, casi la necesidad –desde luego absurda– de ladrar a las señoras. Tan solo a esas señoras menudas, recogidas, de armas tomar, que tanta fatiga suelen dar al peluquero, que nunca están contentas con el corto o el peinado y no tienen reparo en cantarle las cuarenta delante de la clientela, a esas que se cuelan en la pescadería sin que se les pueda decir nada, porque siempre andan con prisa y responden con muy malos modos […].

El síndrome de Diógenes. Juan Ramón Santos

Estas son las primeras líneas de El síndrome de Diógenes, de Juan Ramón Santos, texto ganador del XXXIX Premio de Narración Corta Felipe Trigo.

Desde estos instantes, o quizá incluso antes, desde el señuelo de las tres citas que enmarcan la narración (de Franz Kafka, Diógenes Laercio y de El Lazarillo de Tormes), el escritor placentino nos introduce en una historia perturbadora, narrada en primera persona, que nos acerca a la atribulada circunstancia de un hombre muy particular, apasionadamente desapasionado, en conflicto perpetuo con todas las personas que le rodean: su exmujer, su hijo, los compañeros de docencia, por no hablar de esas mujeres crispantes a quienes les ha declarado la guerra y a las que ataca con sus ladridos, convirtiéndose así –el término es del propio personaje narrador– en un serial barker (un ladrador en serie).

El síndrome de Diógenes (Planeta, 2020), que recorre las diversas etapas de la vida de nuestro antihéroe (en realidad, se trata de la misma etapa, cada vez más contaminada), es en esencia la historia, la visión de la sociedad, la resistencia de un solitario, o de un individualista si se prefiere, a quien el mundo le queda holgado, como esos pantalones con un par de tallas de más que no podemos ponernos sin temor a que se nos caigan a los pies.

Bien porque es una víctima gratuita de la sociedad, bien porque sufre las consecuencias inevitables de su carácter corrosivo, el personaje de esta narración se siente oprimido, preso de una soledad ontológica, un perro callejero, y esa opresión que a algunos les conduce al suicidio, a la violencia o incluso al asesinato aquí busca su vía de escape mediante la bufonada irritante: emitir quejas en forma de ladridos. Y lo que podría quedarse en una mera anécdota, algo nimio y estéril, acaba enredándose peligrosamente (un poco a la manera del cuento “La muerte de un funcionario”, de Chéjov), para sufrimiento del personaje, que cada vez se siente menos apegado al ser humano y más a gusto con los perros o, por decirlo con propiedad, cada vez se siente más a gusto siendo un perro. Y así las cosas, ese espíritu de caninidad (me temo que la palabra no vendrá en el diccionario), en un principio impostado, luego salvífico, deviene tabla de salvación. Y de humano oprimido, nuestro amigo innominado tomará la condición de líder canino, retirado del mundo (o quizá retirado por el mundo). Su castigo ha sido, paradójicamente, su libertad, aunque lo bueno no dura siempre…

Intuyo que muchos lectores experimentarán la lectura de esta inspirada narración como un goce literario sembrado de humor sutil y de episodios esperpénticos no exentos de cierta vis cómica. Pero confieso que yo me he dejado llevar más por la vertiente realista de la novela (que tampoco falta, bien entendida), y he sentido cierta angustia al seguir con franciscana empatía el viaje al fin de la noche de un personaje que sufre a partes iguales tanto la incomprensión de los demás como la penalización de sus propios actos.

En cualquier caso, más allá del modo en que uno encare esta narración breve, tenemos que celebrar una vez más las innegables dotes de narrador de Juan Ramón Santos y convenir en que el Premio Felipe Trigo concedido a su texto –sin haber leído los de sus rivales, cierto– se antoja justificado.

El síndrome de Diógenes es, en fin, un suculento ejemplo de nouvelle bien hilada en la que, a pesar de la complejidad de sus frases y párrafos largos, no sobra ni falta una coma.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de estilo

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