Relato corto de Isaac Singer: La llave

Del gran escritor judío Isaac Bashevis Singer (1902-1991), Premio Nobel de Literatura en 1978, os ofrecemos uno de sus relatos cortos, titulado “La llave”, publicado por primera vez en el The New Yorker el 6 diciembre de 1969.

“La llave” es una de las historias cortas incluidas en el libro Un amigo de Kafka y otros relatos, publicado en inglés (A Friend of Kafka and Other Stories) por  Farrar, Straus & Giroux, 1970.

La lengua materna de Isaac Bashevis Singer es el yiddish (también yidis o idis), con la que se expresaban -y menor medida siguen haciéndolo hoy- los judíos del este de Europa, principalmente.

Singer es autor de libros como El mago de Lublín, La familia Moskat, El esclavo o Satán en Goray.

Cuento de Isaac Bashevis Singer: La llave

1

Hacia las tres de la tarde, Bessie Popkin comenzó a prepararse para salir a la calle. Salir de casa comportaba muchas dificultades y problemas, especialmente en los ardientes días de verano. En primer lugar, Bessie Popkin tenía que enfundar su obeso cuerpo en el corsé, luego calzarse a presión los hinchados pies, y también tenía que peinar su cabellera, que Bessie se teñía en casa, y que le crecía siempre enmarañada y mostraba mechas de todos los colores, amarillo, negro, gris y rojo entre otros. Luego, debía adoptar las precauciones precisas para que sus vecinos, aprovechando su ausencia, no entraran en la casa y le robaran lencería y vestidos, así como sus documentos, o bien lo revolvieran todo, de modo que, luego, Bessie no encontrara mil cosas que le hacían falta constantemente.

Bessie no sólo vivía atormentada por seres humanos, sino también por demonios, espíritus y poderes malignos. Bessie escondía las gafas en la mesilla de noche, y luego las encontraba dentro de una zapatilla, y, días después, las descubría bajo la almohada. En cierta ocasión dejó un cazo con sopa borsch en la nevera, pero el Nunca Visto la quitó de allí, y Bessie encontró el cazo en el armario en que guardaba sus vestidos. Una gruesa capa de grasa, que apestaba a rancio, cubría la superficie de la sopa.

Solo Dios sabía las duras pruebas a que Bessie se veía sometida, las triquiñuelas de que era víctima y lo mucho que tenía que luchar para no perecer o volverse loca. Renunció a tener teléfono, debido a que gángsters y degenerados la llamaban todo el santo día para arrancarle secretos. Una vez el lechero puertorriqueño intentó violarla. El mozo de la abacería intentó incendiar bienes de la propiedad de Bessie con una colilla. Con la finalidad de expulsarla del piso de renta limitada en que Bessie llevaba treinta y cinco años viviendo, la empresa propietaria y el portero lo habían infestado de ratas, ratones y cucarachas.

Hacía ya largo tiempo que Bessie había llegado a la conclusión de que no hay medios eficaces para contrarrestar las actividades de quienes están firmemente decididos a causarnos daño. De nada servía la puerta metálica, de nada sirvió el cerrojo especial, de nada sirvieron sus cartas a la policía, al alcalde, al FBI e incluso al mismísimo presidente, en Washington. Sin embargo, en este mundo hay que seguir viviendo. Y todo exige cierto tiempo. Había que comprobar que las ventanas estuvieran bien cerradas, mirar todos los cajones uno a uno, echar una ojeada a las llaves del gas… Bessie guardaba su dinero entre las páginas de una enciclopedia, en números atrasados del National Geografic y en los viejos libros de contabilidad de Sam Popkin. Las acciones las tenía Bessie ocultas entre los leños junto al hogar, que nunca encendía, así como debajo de los sillones. Había cosido las joyas al colchón. Tiempo hubo en que Bessie tenía cajas fuertes alquiladas en los bancos, pero llegó al convencimiento, muchos años atrás ya, de que los vigilantes de los bancos tenían llaves maestras.

Hacia las cinco de la tarde Bessie estaba ya preparada para abandonar su piso y salir a la calle. Se miró al espejo. Era baja, gruesa, de frente estrecha, nariz aplanada, ojillos sesgados y medio cerrados, como los de los chinos. En el mentón le brotaba una blanca barbichuela. Iba con un macilento vestido floreado, un abollado sombrero de paja adornado con cerezas y racimos de uva, y calzaba unos zapatos viejos y sucios. Antes de irse llevó a cabo una última inspección de las tres habitaciones y la cocina. En todas partes había prendas de vestir, zapatos, y montones de cartas sin abrir. El marido de Bessie, Sam Popkin, quien había fallecido hacía casi veinte años, liquidó su agencia inmobiliaria antes de morir, ya que se proponía pasar sus últimos años retirado en Florida. Dejó en herencia a Bessie acciones y obligaciones, libretas de cuentas de ahorros y unas cuantas hipotecas. Desde entonces hasta ahora, las diversas empresas escribieron cartas a Bessie, le mandaron informes, estados de cuentas y cheques. El servicio de recaudación de impuestos le reclamó el pago de los que le correspondía liquidar. Más de una vez al mes, Bessie recibía folletos publicitarios de una empresa funeraria que ofrecía parcelas en un «aireado cementerio». Años atrás, Bessie solía contestar las cartas, depositaba en cuenta sus cheques y estaba al tanto de sus gastos e ingresos. Últimamente, abandonó del todo estas actividades. Incluso dejó de comprar el periódico y mirar las cotizaciones de Bolsa.

Ya en el vestíbulo, Bessie colocó unas cartulinas con extraños signos que sólo ella podía identificar, entre la puerta y la jamba. Puso masilla en el ojo de la cerradura. ¿Acaso tenía Bessie otra solución que adoptar, siendo viuda, sin hijos, parientes ni amigos? Tiempo hubo en que los vecinos solían abrir la puerta de su piso, observar las actividades de Bessie ante la puerta y echarse a reír.

Y también otros se burlaban de ella. Pero esos tiempos habían pasado. Bessie no hablaba con nadie. Tampoco estaba demasiado bien de la vista. Las gafas compradas años atrás ya no le servían. Ir al oftalmólogo para que le recetara lentes nuevos significaba demasiado esfuerzo para Bessie. Todo era muy difícil, incluso entrar y salir del ascensor, cuya puerta siempre se cerraba con un gran golpe por sí sola.

Bessie rara vez se alejaba más de dos bloques de su casa. Aquella calle, situada entre Broadway y Riverside Drive era de día en día más ruidosa y sucia. Hordas de chiquillos callejeaban todo el santo día, medio desnudos. Hombres de piel morena, con cabello rizoso y ojos de enloquecido mirar se peleaban en castellano con mujeres siempre embarazadas. Las mujeres contestaban a los hombres con voz estridente. Los perros ladraban. Los gatos maullaban. Se producían incendios y entonces acudían coches de bomberos, ambulancias, y coches de la policía. En Broadway, las antiguas tiendas de comestibles habían sido sustituidas por supermercados, en donde era preciso coger la mercancía de unas estanterías y ponerla en un carrito, y luego había que hacer cola en caja.

¡Dios santo, cuán cierto era! Desde la muerte de Sam, Nueva York, América —quizás el mundo entero—, se estaban desmoronando. La gente decente había abandonado el barrio que, ahora, se hallaba bajo la férula de bandas de ladrones, asesinos y prostitutas. Tres veces le habían robado el bolso a Bessie. Y cuando denunció el hecho a la policía, los agentes se echaron a reír. Cruzar la calle significaba arriesgar la vida. Bessie dio un paso en la acera y se detuvo. Alguien le había aconsejado que usara bastón, pero Bessie estaba muy lejos de considerarse vieja o impedida. De vez en cuando se pintaba de rojo las uñas. Y otras veces, cuando el reumatismo remitía un poco, sacaba del armario los vestidos que usara en pasados tiempos, se los probaba y se estudiaba ante el espejo.

 Abrir la puerta del supermercado era una tarea imposible. Bessie tenía que esperar a que alguien entrara y entonces aprovechar la ocasión. El supermercado era un lugar que sólo el diablo había podido inventar. Allí la luz deslumbraba. La gente que empujaba los carritos no tenía el menor reparo en llevarse por delante a cuantos encontraban en su camino. Las estanterías eran o demasiados altas o demasiado bajas. El ruido era ensordecedor. ¡Y qué decir del contraste entre el calor del exterior y la helada temperatura interior! Milagro era que Bessie no agarrara una pulmonía cada vez que iba al supermercado. Pero lo que más atormentaba a Bessie era la indecisión. Con mano temblorosa cogía un artículo y leía la etiqueta. No lo hacía con la codicia de la juventud, sino con la incertidumbre de la vejez. Según los cálculos de Bessie, la expedición de compras del día de hoy no hubiera debido ocuparle más de tres cuartos de hora, pero ya habían pasado dos horas y aún no había terminado. Cuando por fin se puso en la cola ante la caja, recordó que había olvidado coger un paquete de avena. Retrocedió y una mujer le quitó el sitio en la cola. Luego, al pagar, tuvo más problemas. Bessie había puesto el billete en la zona derecha del bolso, pero allí no estaba. Después de mucho revolver, lo encontró en el interior del bolsillito destinado a las monedas, en la otra parte, del bolso. Sí, nadie podría creer que tales ocurrencias fueran verdad. Si lo contara, todos pensarían que estaba loca de atar.

Cuando Bessie entró en el supermercado, todavía el sol lucía con esplendor, pero ahora ya se acercaba el ocaso. El sol amarillo-dorado se hundía hacia el Hudson, hacia las neblinosas colinas de Nueva Jersey. Los edificios de Broadway irradiaban el calor absorbido durante el día. De respiraderos con reja metálica salía el retumbar del paso del metro, y surgían malolientes vapores. Bessie llevaba la pesada bolsa en una mano, y con la otra sostenía firmemente el bolso. Nunca le había parecido Broadway tan salvaje y tan ruidoso como hoy. Apestaba a asfalto reblandecido, a gasolina, a fruta podrida, a excremento de perro. En la acera las palomas saltaban por entre periódicos rasgados y colillas. Costaba creer que aquellos animalillos no perecieran aplastados por la apresurada multitud. Del ardiente cielo caía un polvillo dorado. Ante el mostrador junto a la calle, con césped artificial delante, hombres con la camisa empapada en sudor tragaban apresuradamente vasos de zumo de piña y zumo de papaya, como si intentaran extinguir un fuego que les consumiera las entrañas. Sobre las cabezas de aquellos hombres pendían cocos tallados de manera que representaran indios. En una calle lateral, chiquillos blancos y negros habían conseguido abrir la espita de un caño para regar las calles, y, desnudos, jugaban a mojarse los unos a los otros. Y en aquella atmósfera ardiente, en plena ola de calor, a la calle llegó una camioneta con micrófonos, cuyos altavoces difundían estridentes canciones y ensordecedoras frases de propaganda de un candidato a un cargo político. En la parte trasera de la camioneta, una muchacha con el cabello en punta, tieso como alambres, lanzaba octavillas.

Todo superaba las fuerzas de Bessie. Todo: cruzar la calle, esperar la llegada del ascensor y salir de él, al llegar al quinto, antes de que la puerta se cerrara. Bessie dejó la bolsa con las compras en el suelo del descansillo y buscó las llaves. Con la uña, extrajo la masilla que había metido en el ojo de la cerradura. Metió la llave y le dio vuelta. Pero, oh Señor, la llave se partió. Bessie se quedó con el extremo de la llave entre los dedos. Inmediatamente se dio cuenta de la magnitud de la catástrofe. Los restantes inquilinos de la casa tenían copia de sus llaves en la portería, pero Bessie no se fiaba de nadie, por lo que hacía ya algún tiempo había dispuesto colocaran en su puerta una cerradura que no había llave maestra capaz de abrir. Tenía duplicado de la llave, eso sí, pero estaba en el piso, dentro de algún cajón. En voz alta Bessie dijo:

—Bueno, esto es el fin.

A nadie podía pedir ayuda. Los vecinos eran mortales enemigos. El portero sólo esperaba el momento en que ella se rindiera a sus perversos designios. Tan grande y tenso era el nudo que Bessie tenía en la garganta que ni llorar podía. Miró alrededor, para ver si por allí andaba el enemigo que le había jugado esta última mala partida. Hacía tiempo que Bessie se había reconciliado con la muerte, pero morir en la escalera o en plena calle le parecía demasiado. ¿Y quién sabe cuán larga puede ser una agonía? Comenzó a pensar. ¿Encontraría todavía abierta alguna tienda en la que hicieran llaves? Y, caso de que la encontrara abierta, ¿de qué modelo sacaría el artesano el duplicado?

No, el artesano tendría que coger sus herramientas e ir al piso. Y, en este caso, sería preciso avisar a un operario que trabajara para la firma que había fabricado aquella cerradura tan especial. Si por lo menos llevara dinero encima… Pero Bessie jamás llevaba más dinero del que pensaba gastar. La cajera del supermercado le había devuelto un cambio de veintitantos centavos. «¡Mamá, mamá, me quiero morir!». Y Bessie se dijo estas palabras en yiddish, idioma que casi había olvidado.

Tras muchas dudas, Bessie decidió volver a la calle. Quizás encontrara abierta alguna ferretería o una de esas tiendecillas especializadas en hacer llaves. A fin de cuentas, también al resto de la Humanidad se le cascaba la llave alguna que otra vez. Pero, ¿qué haría con la comida? La bolsa pesaba demasiado para llevarla consigo. No le quedaba otro remedio que dejar la bolsa en el descansillo. Se dijo que se la robarían, pero… Pensó que quizá los vecinos habían amañado la cerradura de modo que ella no pudiera entrar en el piso mientras le robaban o destruían todas sus pertenencias.

Antes de bajar a la calle, Bessie aplicó el oído a la puerta. Nada oyó, salvo un incesante murmullo, cuya causa y origen Bessie no pudo determinar. A veces, el ruidito parecía el tic-tac de un reloj, otras era como un zumbido, y había momentos que semejaba un gemir. Parecía el sonido de un extraño ser aprisionado en el interior de las paredes o en las tuberías. In mente Bessie se despidió para siempre de la comida recién comprada, que debiera estar en la nevera y no en el calor de la atmósfera del descansillo. La mantequilla se fundiría y la leche se agriaría. Bessie musitó:

—¡Es un castigo! ¡Soy víctima de una maldición!

Un vecino se disponía a bajar en el ascensor, y Bessie le hizo señas de que sostuviera un momento la puerta para así poder entrar ella. Quizás aquel vecino era uno de los ladrones. Quizás aquel hombre intentara robarla y maltratarla. El vecino sostuvo la puerta y Bessie entró. Bessie hubiera querido darle las gracias, pero guardó silencio. ¿A santo de qué dar las gracias al enemigo? El enemigo es astuto, y de ahí que tenga esas amabilidades para con una.

Cuando Bessie salió a la calle ya había anochecido. En el arroyo corría el agua y había charcos. Las luces de los faroles se reflejaban en el agua. Otra vez se había producido un incendio. Oyó el gemido de una sirena y el fragor de los motores de las bombas contra incendios. Bessie llevaba ahora los zapatos mojados. Salió a Broadway y el calor le dio en la cara, causándole la sensación de haber recibido en ella un golpe propinado con una lámina de hojalata. Con luz del sol, Bessie veía poco, pero de noche se quedaba casi ciega. Los escaparates estaban iluminados, cierto, pero Bessie no podía percibir su contenido. Los transeúntes tropezaban con ella y Bessie lamentó no ir con bastón. De todos modos, echó a andar, manteniéndose cerca de los escaparates. Pasó ante una farmacia, una panadería, una tienda de alfombras, una funeraria, pero no vio ninguna ferretería. Bessie siguió adelante. Sintió que comenzaban a faltarle las fuerzas, pero se formó la decisión de resistir. ¿Qué debe hacer un ciudadano cuando se le rompe la llave de su casa? ¿Morirse? Quizá recurrir a la policía… Forzosamente tenía que haber alguna institución con competencia en semejantes casos. Sí, pero ¿dónde?

Seguramente se había producido un accidente. Un grupo de mirones se aglomeraba en la acera. Los automóviles de la policía y una ambulancia bloqueaban la calle. Con una manguera regaban el asfalto, seguramente para limpiarlo de sangre. Le pareció que los ojos de los espectadores brillaban animados por una extraña satisfacción. Pensó: les gusta presenciar las desdichas ajenas. Es el único consuelo de las gentes de esta miserable ciudad. No, a nadie encontraría dispuesto a ayudarla.

Llegó ante una iglesia. Una escalinata de muy pocos peldaños llevaba hasta la puerta cerrada, protegida con una reja y cubierta por las sombras. Bessie apenas se tenía en pie. Las rodillas le temblequeaban. Los zapatos le oprimían cruelmente los dedos de los pies y el talón. Una ballesta del corsé se había quebrado y se le estaba clavando en la carne. Pensó: «Todos los poderes del mal caen sobre mí esta noche». Un ácido fluido le invadió la boca. «Padre que estás en los cielos, ha llegado mi fin». Recordó un proverbio yiddish: «Quien vive sin precaución, muere sin confesión». Había olvidado hacer testamento.

2

Bessie seguramente se había adormilado porque, cuando abrió los ojos, a su alrededor había la quietud y el silencio de las altas horas de la noche, y la calle estaba casi desierta y a oscuras. Ya no había luz en los escaparates. El calor se había evaporado y Bessie sintió un frío estremecimiento bajo sus ropas. Durante unos instantes pensó que le habían robado el bolso, pero vio que yacía en el peldaño inmediato inferior. Probablemente había resbalado de su mano. Bessie intentó cogerlo, pero no pudo extender el brazo ya que se le había entumecido. La cabeza, que descansaba en la pared, le pesaba como una piedra. Tenía las piernas de madera.

Y los oídos llenos de agua. Levantó un párpado y vio la luna. Estaba muy baja, sobre un tejado plano, y cerca de la luna titilaba una estrella verdosa. Bessie se quedó con la boca abierta. Había olvidado la existencia de cielo, luna y estrellas. Años y años habían pasado sin que Bessie mirase a lo alto. Siempre miró hacia abajo. Cortinas cubrían las ventanas de su casa, para que los espías al otro lado de la calle no pudieran verla. Bueno, pues si cierto era que había cielo, quizá también hubiera un Dios, ángeles y Paraíso. ¿En qué otro lugar descansan si no las almas de los padres? ¿Y dónde estaba Sam ahora?

Ella, Bessie, había descuidado todos sus deberes. Nunca había visitado la tumba de Sam. Ni siquiera encendía una vela en el aniversario de su muerte. Tan ocupada estaba con su lucha contra los bajos poderes que había olvidado la existencia de los altos. Por primera vez en muchos años, Bessie sintió la necesidad de orar. El Todopoderoso se apiadaría de ella, pese a que no lo merecía. Su padre y su madre intercederían por ella en lo alto. Sombras de palabras en hebreo temblaban en sus labios y en su lengua, pero Bessie no podía recordarlas. Entonces acudieron a su memoria las palabras: «Escucha, ¡oh Israel!». Pero, ¿qué venía a continuación? Bessie dijo: «Perdóname, Señor, merezco cuanto me ocurre».

Ahora era mayor el silencio. Y hacía más fresco. Las luces de los semáforos alternaban el verde con el rojo, pero sólo muy de vez en cuando pasaba un automóvil. Apareció un negro. Iba tambaleándose. Se detuvo no muy lejos de Bessie y la miró. Luego siguió su camino. Bessie sabía que llevaba el bolso rebosante de importantes documentos, pero por primera vez en muchos años no se preocupó. Sam le había dejado una bonita fortuna, fortuna que ahora nada significaba. Bessie seguía ahorrando para la vejez, como si todavía fuera joven. Se preguntó: «¿Qué edad tengo? ¿Qué he conseguido en el curso de estos años? ¿Por qué no me fui a cualquier sitio para disfrutar de mi dinero y ayudar a alguien?». Ahora en su fuero interno había risa. «Estaba poseída, no era yo en modo alguno, sí, de otra manera es inexplicable…». Bessie estaba pasmada. Tenía la impresión de haber despertado de un largo sueño. La llave rota había abierto en su mente una puerta que la muerte de Sam había cerrado.

La luna se había trasladado al otro lado del tejado. Era insólitamente grande, roja, y tenía las facciones borradas. Ahora casi hacía frío. Bessie temblaba. Se dio cuenta de que podía pillar una pulmonía, pero ahora ya no temía a la muerte, de la misma manera que no temía quedarse sin casa en que vivir. Procedente del Hudson llegaba una fresca brisa. En el cielo aparecieron nuevas estrellas. Un gato negro se acercó a Bessie y se quedó en el bordillo de la acera, mirándola fijamente con sus pupilas verdes. Después, lenta y cautelosamente, el gato se le acercó más. Durante largos años Bessie había odiado a todos los animales, perros, gatos, palomas e incluso gorriones. Contagiaban enfermedades. Lo ensuciaban todo. Bessie estaba convencida de que todos los gatos llevaban un demonio dentro, y temía de un modo muy especial los encuentros con gatos negros portadores siempre de malos presagios. Pero ahora Bessie sentía una oleada de amor hada aquel ser sin casa, sin bienes propios, sin puertas ni llaves, que vivía gradas a la bondad de Dios. Antes de acercarse más a Bessie, el gato olisqueó el bolso. Después comenzó a frotarse el costado contra la pierna de Bessie, con la cola levantada y maullando. El pobrecillo tenía hambre. «Siento no poder darle nada de comer». «¿Cómo es posible que alguien odie a un ser así?». «Oh, madre, he vivido poseída por un mal espíritu». «Ahora comenzaré una nueva vida». Un peligroso pensamiento cruzó su mente: «¿Quizá volver a casarme?».

También hubo aventuras aquella noche. Bessie vio una blanca mariposa en el aire. Estuvo posada unos instantes sobre un automóvil aparcado y luego reemprendió el vuelo. Bessie sabía que aquella mariposa era el alma de un niño recién naddo, ya que las verdaderas mariposas no vuelan de noche. En otra ocasión Bessie despertó y vio una bola de fuego, como una iluminada burbuja de jabón, que saltó de un tejado a otro y luego se hundió detrás de un edificio. Y Bessie comprendió que se trataba del espíritu de alguien que acababa de morir.

Bessie volvió a dormirse. Despertó con un sobresalto. Amanecía. El sol asomaba por el lado de Central Park. Desde el lugar en que se hallaba Bessie no podía ver el sol, pero el cielo de Broadway se ponía rosáceo y rojizo. En el edificio a su izquierda los cristales llameaban, lanzaban destellos y parecían moverse como los ojos de buey de un buque. Una paloma aterrizó en el asfalto, cerca de Bessie. Avanzó caminando con sus rojas y frágiles patas y dio un picotazo a algo que quizá fuera una sucia y seca miga de pan, o una porcioncilla de barro seco. Bessie quedó pasmada. ¿Cómo podían vivir aquellos pájaros? ¿Dónde dormían por la noche? ¿Cómo se protegían de las lluvias, el frío y la nieve? Bessie decidió regresar a su casa. La gente, el prójimo, no permitiría que se quedara en la calle.

Levantarse fue una tortura. Su cuerpo parecía haber quedado pegado con cola al peldaño. Le dolía la espalda y sentía hormigueo en las piernas. A pesar de todo, echó a andar despacio hacia su casa. Respiraba profundamente el húmedo aire matutino. Olía a césped y a café. Ahora Bessie ya no estaba sola. De las calles laterales surgían hombres y mujeres. Iban al trabajo. Compraban periódicos y bajaban las escaleras del metro. Iban silenciosos y como penetrados por una extraña paz, igual que si también ellos hubieran dedicado la noche al examen de conciencia y hubiesen quedado purificados. Maravillada, Bessie se preguntó a qué hora se habría levantado aquella gente para encontrarse ya camino del trabajo. No, en aquella vecindad no todo eran gángsters y asesinos. Un hombre joven incluso saludó a Bessie con un movimiento de la cabeza, como si le deseara buenos días. Bessie intentó sonreírle, pero se dio cuenta de que había olvidado aquel gesto femenino que tan bien conocía en su juventud, aquel gesto que casi fue lo primero que su madre le enseñó.

Llegó a la puerta del edificio en que vivía y vio, fuera, a su mortal enemigo, el portero irlandés. Hablaba con los basureros. Era un hombre gigantesco, de nariz corta, largo labio superior, mejillas hundidas y mentón puntiagudo. El cabello amarillento le rodeaba la zona pelada en la parte de atrás de la cabeza. Dirigió una alarmada mirada a Bessie:

—¿Le pasa algo malo, abuela?

Entre tartamudeos, Bessie le contó lo ocurrido. Le mostró la porción de la llave que había guardado toda la noche en la mano. El portero exclamó:

—¡Virgen santa…!

Bessie le preguntó:

—¿Qué hago?

—Yo le abriré la puerta.

—Pero usted no tiene llave maestra…

—Estamos obligados a poder abrir las puertas en caso de incendio.

El portero entró en su piso y poco después salía con un manojo de llaves en un gran aro, y unas herramientas. Subió en el ascensor junto con Bessie. La bolsa con comida estaba todavía en el descansillo, pero parecía casi vaciada. El portero comenzó a trabajar en la cerradura. De repente preguntó:

—Oiga, ¿qué significan estos papeles entre la jamba y la puerta?

Bessie no contestó. El portero dijo:

 —¿Y por qué no me lo dijo inmediatamente? ¡Mire que pasarse toda la noche vagando por ahí, a su edad! ¡Dios…!

Mientras el portero trabajaba, se abrió una puerta del descansillo y apareció una mujer menuda, con bata y zapatillas, de cabello teñido y liado con bigudíes. La mujer preguntó a Bessie:

—¿Qué le ha ocurrido? Ayer vi que había dejado la bolsa de la compra aquí y cogí la mantequilla y la leche y lo puse todo en la nevera.

Bessie apenas podía contener las lágrimas. Dijo:

—¡Qué buenos son ustedes…! Yo no sabía que…

El portero extrajo de la cerradura la otra mitad de la llave de Bessie. Hurgó un poco más en la cerradura. Metió una llave dentro, le dio la vuelta y la puerta se abrió. Los papeles cayeron al suelo. Entró en el vestíbulo con Bessie y ésta se dio cuenta de que el aire de su casa tenía el olor propio de los lugares largo tiempo deshabitados. El portero dijo:

—La próxima vez que le ocurra algo parecido, dígamelo. Para eso estoy.

Bessie hubiera querido darle una propina, pero tenía las manos tan débiles que ni el bolso podían abrir. La vecina le devolvió la mantequilla y la leche. Bessie fue al dormitorio y se tendió en cama. Sentía opresión en el pecho y ganas de vomitar. Desde los pies hasta el pecho, densas vibraciones le recorrían el cuerpo. Bessie mantenía fija la atención en estas vibraciones, sin sentirse alarmada, sólo con curiosidad hacia los extraños, capricho que a veces tiene el cuerpo humano. El portero y la vecina hablaban, pero Bessie no podía comprender sus palabras. Lo mismo le había ocurrido treinta años atrás, cuando la anestesiaron para practicarle una operación; el médico y la enfermera hablaban, pero parecían hacerlo en un extraño idioma y sus voces sonaban muy lejos.

Pronto hubo silencio y entonces apareció Sam. No era de día ni era noche, sino un crepúsculo raro. En su sueño Bessie sabía que Sam estaba muerto, pero que, por algún medio secreto y clandestino, se las había arreglado para salir de su tumba y visitarla. Sam estaba muy débil y parecía inhibido. No podía hablar. Los dos vagaron juntos por un espacio sin cielo y sin tierra, por un túnel de ruinas, ruinas de una estructura sin nombre, por un corredor oscuro y sinuoso, aunque en cierto modo conocido. Llegaron a una región en la que coincidían dos montañas, y el desfiladero entre una y otra resplandecía con luz de crepúsculo o amanecer. Se quedaron allí, detenidos, dubitativos y algo avergonzados. Era como aquella noche, durante su luna de miel, cuando fueron a Ellenville, en los Catskills, y el dueño del hotel les llevó a la suite nupcial. Bessie oyó las mismas palabras que el hotelero les dijo, en la misma voz y con la misma entonación: «Aquí no necesitan llave. Adelante y… mazel tov».

Isaac Bashevis Singer

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