David Leavitt y el envenenado éxito literario

“Todo eso y mucho más (la “verdadera” historia que se escondía detrás de la huida de Mark –por contraposición al relato novelesco de Ben–, y la lucha por conservar la casa, y el divorcio de Daphne, y la muerte de Nancy) está en las memorias de Ben; y sin embargo, curiosamente, no se menciona en ningún momento a Jonah o Anne Boyd; ni tampoco a mí, aunque ya no resulte tan curioso. No salgo ni una sola vez. Se me excluye totalmente. Al cabo del tiempo, pregunté cuál era la razón.

–Bueno, Denny –me respondió–, los escritores siempre tienen que elegir. No se puede meter todo en un libro. Además, tú nunca estuviste metida en el ajo del todo, ¿a que no? Te limitabas a estar…, no sé…, allí. Al margen”.

Este fragmento de una conversación entre dos personajes de la novela El cuerpo de Jonah Boyd, de David Leavitt (Anagrama, 2006), podría ser un buen ejemplo del uso del narrador-testigo, de obligado estudio en los talleres de escritura creativa. Efectivamente, Denny Denham, la secretaria del conocido psicoanalista Ernest Wright, no está a priori “metida en el ajo” de esta historia. Solo a priori. Conforme avanzan las páginas, el lector descubre que Denny está narrando no solo la vida de la familia Wright, a la que está fuertemente vinculada (como secretaria y amante del cabeza de familia; como compañera musical de Nancy, la esposa, con quien toca el piano a cuatro manos…), sino que está narrando también su propia vida, con lo cual al final deja de ser una simple espectadora.

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«Vida y destino», de Vasili Grossman

 

Vida y destino, Vasili Grossman
Vasili Grossman, autor de Vida y destino. Fuente de la imagen

Vida y destino, de Vasili Grossman

José Sánchez Rincón

Como reportero del diario Estrella Roja, como testigo de la batalla de Stalingrado, Vasili Grossman (Berdychev, 1905-Moscú, 1964) nos cuenta los destrozos de la guerra, los actos heroicos, la adrenalina, el miedo de los combatientes… “En primera línea se enterraba a los caídos, y los muertos pasaban la primera noche de su sueño eterno junto a los fortines y las trincheras donde los compañeros escribían cartas, se afeitaban, comían pan, bebían té y se lavaban en baños improvisados… Todos ellos eran jóvenes y se sentían felices de seguir con vida una mañana más, de poder levantar una vez más una taza de hojalata, aspirar el humo de un cigarrillo…”.

Pero el autor no sólo describe la guerra. Stalingrado es el lugar donde confluyen todas las historias, pero son innumerables las situaciones y personajes del libro. Los principales pertenecen a la familia Sháposhnikov. Liudmila, casada con Shtrum, físico nuclear, perseguido y luego rehabilitado por Stalin, y Zhenia, que duda entre el amor de Krímov, a quien no puede abandonar en la cárcel, y Nóvikov, coronel de tanquistas. “Krímov tenía la impresión de que la historia había dejado de ser un libro, desembocaba en la vida, se confundía con ella”.

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