Diario de un escritor frustrado

Pedro Menchén
Pedro Menchén. Benidorm, 1979

Literatura y frustación suelen ir de la mano. Bien lo sabe Pedro Menchén, que ha dedicado incluso un diario a la frustración del escritor en el que repasa su experiencia como autor y como persona que vive en soledad.

Diario de un escritor fustrado está publicado en la editorial Sapere Aude. Doy el prólogo del libro, en el que cualquier escritor que se precie podrá verse reflejado. 🙂

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Cuestionario literario: Carmen Artaloytia Lázaro

Carmen Artaloytia Lázaro

«Los premios literarios me parecen todos muy interesantes. Pero debería de tenerse en cuenta el tema de la homosexualidad y premiar a sus autores por tratar unos temas tan delicados y desgarradores».

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

Empecé en mi época de adolescente, sin ningún tipo de pretensión. Actualmente con la pretensión de abrir las mentes para que pueda verse que en la homosexualidad también existe el amor.

2 ¿Planificas los libros antes de sentarte a escribirlos o surgen sobre la marcha, al hilo de tus pensamientos, sin planificación?

Suelo planificarlos antes de escribirlos.

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Cuestionario literario: Iván Teruel

Iván Teruel Cáceres

 

Ahora estoy intentando escribir una novela. Y en ese caso sí que necesito hacer algunos bosquejos de la estructura y de determinadas situaciones. Tengo la sensación de que me ayudará en el avance. Aunque después el avance es muy lento porque para mí son demasiado determinantes cuestiones como el tono y el estilo, que se fraguan, por así decirlo, y exagerando un poco, línea a línea. Necesito notar que hay una tensión, una sustancia sólida –pero flexible al mismo tiempo– que cimenta la prosa. Decía Quentin Tarantino sobre sus películas que él quería que la gente viera que el tipo que las había hecho tenía la polla dura (sic.). Bueno, no me refiero exactamente a lo mismo, pero sí a algo parecido. Si no consigo superar ese primer obstáculo, la planificación pierde su razón de ser. Y cuando noto que la prosa se desinfla o se deshilacha (y me ocurre a menudo), la estructura pasa a un segundo plano porque mi empeño se centra en resolver ese problema.

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

Hay poca épica en mis inicios. Refractario a la lectura en ese periodo en que la mayoría de escritores confiesan que devoraban libros y se iniciaban en ejercicios literarios que pretendían copiar a sus modelos (pongamos de los 7 años a los 17), no fue hasta el último curso del instituto (el desaparecido COU) cuando escribí el primer cuento con pretensión literaria y trascendente. Convergieron dos circunstancias determinantes: mi primer gran desengaño amoroso coincidió con la convocatoria del concurso literario de Sant Jordi del instituto en el que estudiaba. Así que para escribir mi primer cuento serio me movieron dos sentimientos tan poco edificantes como la vanidad y el despecho. Resulta que gané el concurso. Y ya se sabe cómo maneja un adolescente un éxito, por modesto que sea. En aquel mismo momento decidí que sería escritor: el mundo no se merecía mi silencio. El efecto fue fulminante: en los diez años siguientes conseguí la proeza de escribir tres o cuatro cuentos.

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La relación entre Raymond Carver y su editor, Gordon Lish

Raymond Carver, Gordon Lish

«Muchos se preguntan por qué Carver aceptó que su editor, Gordon Lish, le metiera tanta mano a sus textos que los desfiguró por completo. Algunos dicen que Carver se dejó llevar por la corriente y porque su dependencia del alcohol en esos tiempos (años 70) lo tenía secuestrado en una burbuja de indolencia. De este modo, se cree que no le habría otorgado mayor importancia a una corrección que fue inmisericorde. De los diecisiete o diecinueve relatos que le entregó a Lish, este modificó más de la mitad. En algunos solo dejó el 30 % de la escritura original. En otros cambió, totalmente, los desenlaces, echando al tiesto de la basura una escritura potente y llena de significados, además de valiosa por sus propios méritos». E.B.G.

Dime, Gordon: ¿qué les ha hecho a mis palabras? Esta es la pregunta que Raymond Carver, el autor de «De qué hablamos cuando hablamos de amor», debió de hacerle a su editor, Gordon Lish. 

 

Raymond Carver, escritor norteamericano nacido en Clatskanie, Oregón (1938), identificado con lo que se bautizó como el realismo sucio norteamericano, es un personaje controvertido, al margen de su obra y su indiscutible talento para contar historias cotidianas. Se le ubica junto a Julio Cortázar, Anton Chejov nada menos, y a Jorge Luis Borges.

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Cuestionario literario: David Pérez Vega

 David Fernández Vega

«Son muy pocas las personas que en España pueden vivir de la literatura. Ahora mismo pueden vivir de ello, de forma holgada,  autores de la generación de la Transición, que publican en los grandes grupos y tienen columnas de opinión en los periódicos más prestigiosos, y que además pueden ganar dinero también ejerciendo de jurados de premios literarios o dando charlas. Pero éste parece un modelo agotado para las generaciones que vienen después, una situación de precariedad para los escritores españoles que la crisis económica del 2008 ha contribuido a agudizar: cada vez se venden menos libros y los grandes grupos no se gastan el dinero en campañas desmesuradas de promoción, los periódicos pagan cada vez menos por las columnas de opinión, cada vez hay menos oportunidades para dar charlas remuneradas o ejercer de jurado de premios se paga ahora peor que hace una década. Sin embargo, conozco a algunos escritores jóvenes que viven (o malviven) gracias a sus libros publicados (que es lo que te legitima como escritor, pero, paradójicamente, menos dinero da a los escritores), sus colaboraciones en revistas o periódicos y, sobre todo, de ejercer de profesores en talleres literarios». D.P.V.

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

La decisión firme de querer ser un escritor la tomé a los doce años, tras la lectura alucinada de El hobbit y El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien. Yo, como Tolkien, quería poseer un mundo propio además del real. A los doce años pensaba que quería dedicarme a las novelas y que necesitaba una máquina de escribir para ello. No había entonces en mi casa una máquina de escribir (por lo que mi vocación tendría que esperar) y me dedicaba a imaginar aventuras, que eran derivaciones del mundo de Tolkien. Tomé la costumbre de leer con un diccionario; los escritores deben conocer todas las palabras, pensaba a los doce años.

La primera vez que escribí de forma creativa y consciente fue a los quince: escribí un cuento de terror (a mano).

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Cuestionario literario: Paz Monserrat Revillo

Paz Monserrat Revillo,

«Da la sensación de que ahora es más fácil que cuando empecé a escribir, posiblemente porque hay más mecanismos de difusión y de control. Para mí siempre ha sido un mundo misterioso e inaccesible, así que no puedo valorar su evolución. Al principio me sorprendía el hecho de que muchas editoriales ponían la siguiente advertencia disuasoria en su portal web: “No se admiten manuscritos que no hayan sido solicitados”. Me parecía algo tan inexpugnable como un castillo medieval». P.M.R.

 1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

Por poner una fecha concreta: el año de las olimpiadas de Barcelona. Ese año nos trasladamos a vivir a Tenerife. Allí, con la libertad que da gozar de una excedencia y la sensación de vivir una temporada de semi-vacaciones, me apunté a un taller que daba Jorge Eduardo Benavides (por aquel entonces desconocido y recién exiliado del Perú) en una biblioteca de Santa Cruz. Aunque no era mi pretensión, aquella fue una experiencia muy terapéutica. Y lo digo en sentido literal: me curó de una sinusitis crónica que padecía. Empezar a escribir los ejercicios que nos sugería el profesor y no parar de moquear fue la misma cosa.  Como si llevara entre la nariz y el cerebro un embalse colmatado de palabras, a punto de desbordarse. Hará unos quince años, tras varios cursos más de literatura,  me solté a escribir por mi cuenta sin la red de seguridad que supone los talleres de escritura. La pretensión inicial fue darme tiempo y espacio mental para hacer la digestión de numerosas vivencias y lecturas acumuladas. Luego ya no quise arriesgarme a tener otra sinusitis. Y hasta ahora, que sigo respirando bien sin necesidad de antibióticos.

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