“Rayuela”, de Julio Cortázar

Portada de la primera edición de Rayuela, de Julio Cortázar, publicada en Buenos Aires en 1963    Del lado de acá-del lado de allá, París-Buenos Aires, Cielo-Tierra. Rayuela es una realidad dual. Un paseo de la mano de Horacio Oliveira por París y sus pasiones, esas que tanto teme. Rayuela también es el Club de la Serpiente: …

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“Natasha”, de David Bezgozmis

David Bezgozmis
Escritor David Bezgozmis. Fuente de la imagen

 

 
UN ACONTECIMIENTO LITERARIO LLAMADO DAVID BEZMOZGIS
Con la publicación de Natasha, David Bezmozgis hizo realidad el sueño de cualquier escritor novel ambicioso: entregar una opera prima a la imprenta y recibir inmediatamente la bendición del público y de la crítica especializada. En este caso, la hazaña tiene mayor mérito al ser Natasha una recopilación de relatos, género menos proclive que su hermana mayor la novela a suscitar acontecimientos literarios de esta envergadura. Cierto que Estados Unidos es un país curtido en consagrar a muchos de sus mejores escritores que han frecuentado previamente el género breve (Hemingway, Cheever…), pero se da la circunstancia de que Bezmozgis no es estadounidense; tampoco es de Canadá, país de adopción en el que sitúa las siete narraciones que conforman el libro. El joven autor –lo diré ya– es de origen ruso: nació en 1974 en Latvia (Letonia), aunque reside en Toronto desde los seis años, cuando su familia se desplazó a esta ciudad en busca de nuevas oportunidades.

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“Stepanchikovo y sus moradores”, de Fiódor Dostoievski

Stepanchikovo y sus moradores, de Fiódor Dostoievski (El Aleph, 2010)

Dostoievski ha pasado a la Historia de las Letras como el gran maestro ruso decimonónico que desgranó con gran talento tesis sesudas sobre la humanidad (filosóficas, religiosas, sociológicas, políticas, etcétera) en novelas ambiciosas como Los hermanos Karamazov o Crimen o castigo. Se nos dice por activa y por pasiva que es uno de esos escritores irrenunciables a los que debemos leer aunque su propuesta narrativa nos exija un gran esfuerzo intelectual. Esa es precisamente una de sus grandes virtudes: poner el intelecto al servicio de la narración, o viceversa (si se prefiere).

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“El amor a la vida”, de Erich Fromm

Erich Fromm, autor de El amor a la vida. Fuente de la imagen
Erich Fromm nació en 1900 en Francfort del Meno, Alemania, en el seno de una familia judía ortodoxa que había dado varios rabinos. Es lógico, pues, que pronto se interesara por las narraciones del Viejo Testamento, cuyas enseñanzas acabaría comentando en algunos de sus libros. Cuando aún era un adolescente, protestó vivamente contra la Primera Guerra Mundial. A esta juvenil implicación política le seguiría un suceso que cambió su percepción de la vida: el suicidio de una amiga de la familia, una artista joven y hermosa, que decidió acompañar a su padre al más allá cuando el buen hombre falleció. Este suicidio, en principio incomprensible, marcó quizá el inicio de su interés por el psicoanálisis, que le depararía una fructífera carrera: al cabo de los años se convirtió en uno de sus máximos exponentes.

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"El amante", de Marguerite Duras

El amante, de Marguerite Duras, en la edición de Tusquets Varias décadas después de la publicación de su primera obra, Marguerite Duras (1914-1996) sorprende al público y a la crítica con El amante(Premio Goncourt 1984), novela autobiográfica basada en los años que la autora vivió en Indochina, rodeada de un paisaje selvático y hostil, junto …

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“El matrimonio amateur”, de Anne Tyler

el matrimonio amateur

El matrimonio amateur, lejos de limitarse a la relación entre los cónyuges, aborda uno de los temas principales de la literatura norteamericana: la familia. Una familia, en esta narración, cuyas miserias y grandezas son retratadas durante décadas. Los personajes de la novela discuten, se aman, abandonan el hogar, se divorcian y se echan de menos… como en la vida misma.

“El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde

Oscar Wilde. Fuente de la imagen en Internet

¿Quién dijo que la cara es el espejo del alma? Ya nos advirtió Hamlet de que se puede sonreír y ser un villano. Dorian Gray, el protagonista de esta novela, no envejece, permanece siempre joven y atractivo; en cambio, su retrato, aquel que le hiciera el pintor Basilio Hallward, soporta la carga de su vida disipada y aun delictiva. El retrato, más que del físico de Gray, lo es entonces de su alma; y acaba convirtiéndose en un espejo en el que el propio Dorian se contempla aterrado. Sin embargo, la expectativa de una juventud eterna pesa más en su corazón que cualquier posible efecto secundario más o menos pernicioso. 

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