Cuento de Abelardo Castillo: Fermín

No hay un solo escritor en el mundo que pueda escribir borracho. La literatura exige lucidez. Los escritores alcohólicos escribían sobrios. Malcolm Lowry no pudo haber escrito Bajo el volcán borracho. O Días sin huella de Charles Jackson, porque es evidente que el autor cuando escribió estaba sobrio. No se puede hacer ninguna cosa demasiado drogado, ni demasiado borracho.

Abelardo Castillo, La Nación, 22-1-2017

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FERMÍN

Fermín no era mejor que nadie, al contrario, tal vez fuera peor que muchos. No necesitaba estar muy borracho para romperle las costillas a su mujer, y prefería ir a gastarse la plata al quilombo en vez de comprarle alpargatas al chico. Era sucio, pendenciero y analfabeto. Opinaba que no se precisa ir al colegio para aprender a juntar fruta.

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Cuestionario literario: José Antonio Fernández Asenjo

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

No lo sé exactamente, pero ya hace algunos años, creo que hace más de diez. Las pretensiones por lo que lo hice, hay dos respuestas, primero porque me gusta, me entretiene, me relaja…, y segundo por envidia, sí, soy un gran lector y en muchas de las historias que he encontrado en los libros que leído y que me han transportado a otros mundos, a otros lugares, he sentido envidia y deseos de poder ser yo el que inventase historias como aquellas.

2 ¿Planificas los libros antes de sentarte a escribirlos o surgen sobre la marcha, al hilo de tus pensamientos, sin planificación?

Hago una primera planificación, pero luego no sirve de nada, o de poco, porque los personajes y las situaciones van cobrando vida y son ellos los que dirigen la historia.

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Cuento de Isabel Allende: Una venganza

de Isabel AllendeEl mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla.

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Un cuento breve de Gustavo Adolfo Bécquer: Ojos verdes

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

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