Una historia corta de María Luisa Bombal: El árbol

Historia corta de María Luisa Bombal

 

El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.

“Mozart, tal vez” —piensa Brígida. Como de costumbre se ha olvidado de pedir el programa. “Mozart, tal vez, o Scarlatti…” ¡Sabía tan poca música! Y no era porque no tuviese oído ni afición. De niña fue ella quien reclamó lecciones de piano; nadie necesitó imponérselas, como a sus hermanas. Sus hermanas, sin embargo, tocaban ahora correctamente y descifraban a primera vista, en tanto que ella… Ella había abandonado los estudios al año de iniciarlos. La razón de su inconsecuencia era tan sencilla como vergonzosa: jamás había conseguido aprender la llave de Fa, jamás. “No comprendo, no me alcanza la memoria más que para la llave de Sol”. ¡La indignación de su padre! “¡A cualquiera le doy esta carga de un infeliz viudo con varias hijas que educar! ¡Pobre Carmen! Seguramente habría sufrido por Brígida. Es retardada esta criatura”.

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Corazonada, una historia corta de Mario Benedetti

Corazonada, una historia corta de Mario Benedetti

Apreté dos veces el timbre y en seguida supe que me iba a quedar. Heredé de mi padre,  en paz descanse, estas corazonadas. La puerta tenía un gran barrote de bronce y pensé que iba a ser bravo sacarle lustre. Después abrieron y me atendió la ex, la que se iba. Tenía cara de caballo y cofia y delantal. “Vengo por el aviso”, dije. “Ya lo sé”, gruñó ella y me dejó en el zaguán, mirando las baldosas. Estudié las paredes y los zócalos, la araña de ocho bombitas y una especie de cancel.

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3 historias cortas de Petronio

3 narraciones de Petronio

Hoy os ofrecemos tres historias cortas del escritor latino Petronio, de nombre completo Cayo Petronio Arbiter. No sabemos gran cosa de él, más allá de lo que nos contó el historiador Tácito. Al parecer fue un hombre de mundo, elegante, con ciertas aptitudes sociales que le iban a servir para organizar algunos de los espectáculos que se celebraban en la corte de Nerón.

Pero dime con quién te juntas… En fin, le acusaron de haber participado en una conjura contra Nerón y eso hizo que se suicidara (en el año 65 o 66). Antes tuvo tiempo de redactar algunos de los crímenes de tan dañino emperador.

Su obra más famosa es El Satiricón, un mosaico de las costumbres romanas del siglo I, por lo general obscenas. Después de dos siglos de su redacción, las narraciones breves de Petronio siguen deleitándonos. Y, como muestra, aquí tenéis tres botones. Disfrutadlas.

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Literatura contra el cansancio

literatura contra el cansancio

Si de niños nos hubieran explicado lo cansada que puede llegar a ser la vida, no lo hubiéramos creído. La máquina perfecta de regenerar energías que es la infancia no entiende de estas zarandajas.

Los buenos escritores suelen abordar diversos temas, pero conceden prioridad a uno de ellos. El tema nuclear de los cuentos y novelas de Pilar Galán es el cansancio. Un cansancio no físico sino mental, no el cansancio de las batallas épicas sino el cansancio del día a día, ese que no habita las páginas de los libros de Historia. Ese cansancio que ha convertido nuestra existencia no en las jornadas gloriosas soñadas en la infancia, sino en un mero ejercicio de supervivencia. La muerte de un ser querido, el trabajo, las relaciones de pareja –a veces compulsivas–, la amorosa pero agotadora crianza de los niños  o los lazos familiares deambulan por los libros de Pilar con insistencia. Aquello que más amamos es paradójicamente lo que más nos agota.

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Roberto Bolaño y Monsieur Pain

Roberto Bolaño fragmento

Un poco turbado por la novedad de la situación le rogué que tomara asiento mientras procedía a cambiarme en el cuarto contiguo. Pareció no oírme; durante unos instantes permanecimos inmóviles, como si nos contempláramos desde un ángulo hasta entonces inédito, ambos envueltos en algo que se asemejaba a la urgencia y a la timidez. Del exterior no llegaba el más leve ruido, sí acaso un murmullo a cosa indescifrable en el aire, a materia suspendida, y la luz que contorneaba su figura, poseía la intimidad gris de ciertas mañanas parisinas.

Dos cuentos húngaros

Dos cuentos húngaros

El escritor y miembro de la Academia de Ciencias Húngaras Gyula Illyés publicó en 1953 Setenta y siete cuentos populares húngaros (Hetvenhét magyar népmese1953), donde, como su nombre sugiere, recogía y elaboraba setenta y siete cuentos de la tradición literaria de su país. Al parecer, estos cuentos están en todas las casas húngaras, alimentando la imaginación de los más pequeños, generación a generación.

La editorial española Minúscula publicó Gente de las pusztas, de Gyula Illyés en 2002. Confieso que yo no conocía a este autor, y menos aún el libro que he citado. Reproduzco dos de esos sesenta y siete cuentos húngaros, que he leído en LHO.ES Literatura húngara. Ambos cuentos, “La pequeña vejiga” y “Su Majestad Miau”, están traducidos por Tomàs Escuder Palau.

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Cuento corto escondido de Frederick Forsyth

Este episodio corresponde a un desalojo en un barrio pobre de la ciudad irlandesa de Dublín. El ayuntamiento sacó de allí a cientos de moradores que vivían en casas viejas, a punto de derrumbarse al menor viento. En ese sitio se construirá un gran centro comercial. (El hecho parece una historia conocida en muchas grandes capitales). Pues bien, la tarea de los obreros y las retroexcavadoras está concluida, sólo que uno de los moradores se resiste a abandonar su casita. Hubo tratativas y empeños por convencerlo de salir del lugar, e irse a una vivienda alternativa, en un barrio de blocks de departamentos, todos iguales y nuevos, impersonales y fríos. El dueño de la casita –un ex soldado del ejército británico– se empecina en permanecer allí, y entonces se da la orden de sacarlo, a como dé lugar. La casa debe ser demolida, ahora, ya. Entretanto, en la calle se agolpan cientos de curiosos. La policía ha tenido que colocar barreras. El desenlace es conocido. El morbo humano destila en cada esquina.

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