Juicios exprés, y a veces ni siquiera eso. Y luego el paredón, o el cuchillo en el cuello o el balazo en la nuca. Así se resolvían los conflictos políticos y las intrigas pueblerinas en Colombia desde los años cuarenta en adelante. Entonces ya era un país dividido en dos bandos irreconciliables. Matar al enemigo era siempre un mero trámite cotidiano, como cambiarles el agua fresca a los pollos.
Este y no otro es el cuadro que pinta Antonio Montaña, importante escritor colombiano de la generación del cincuenta, en “El aire turbio”. El cuento tiene una construcción perfecta. El lenguaje es el apropiado para ir recreando el clima de indolencia por un lado y el de la violencia, por otro. A su vez, ya no refiere a una violencia soterrada, sino una violencia palpable día a día, en esa sociedad, tanto que se confunde con los oficios religiosos, las comidas típicas en las fondas, el guayabo (la resaca después de una noche de juerga) y los juegos de billar en la cantina. Otro aspecto notable es el ritmo de la narración: A la primera lectura pareciera de un andar lento, pero el relato tiene un vigor y una dinámica que van enhebrando los hechos, a paso de tambor, para concluir con un desenlace inesperado. Realmente inesperado…
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