Cuento corto de Ernest Hemingway: Un canario como regalo

cuento de hemingway

 

Seguimos con los grandes cuentistas norteamericanos. Ayer leímos a Sherwood Anderson y hoy tenemos a Ernest Hemingway, con un gran relato en el que queda patente lo bien que funciona su teoría del iceberg. Atención a la contención, la economía del lenguaje y la sutilidad con la que maneja la información más importante de la historia, que se resuelve en la última frase. Algo que conviene destacar en este cuento de Hemingway (y en general en todos los suyos) es que no carga las tintas con adjetivos ni sustantivos que potencien la temática del cuento, que conocemos gracias al ejercicio obligado de leer entre líneas, y solo una vez finalizada la historia.

En este cuento corto de Ernest Hemingway, «Un canario como regalo», aparentemente no pasa nada. Y, sin embargo, salimos de él con la sensación de haber vivido un pequeño gran momento literario.

Francisco Rodríguez Criado

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Cuento de Sherwood Anderson: Nadie sabe nada

En la oscuridad, George Willard caminó a lo largo del callejón, con cuidado y cautela. Las puertas traseras de los negocios de Winesburg estaban abiertas, y podía ver hombres sentados por ahí, debajo de las lámparas. En la mercería de Myerbaum, esperaba junto al mostrador Mrs. Willy, la esposa del encargado del bar, con una canasta en el brazo. Sid Green, el empleado, la esperaba a ella. Se inclinaba sobre el mostrador y le hablaba con seriedad.

Dos microrrelatos de Alfred Jarry

 

dos microrrelatos de Alfred Jarry

Suicidas

Alejandro Cohen relata maravillosamente en El Europeo la carrera deportiva del lamentado James Barry, verdugo, o más exactamente colgador. Desgraciadamente el deporte de la horca no ha sido adoptado oficialmente en Francia. Sus aficionados se ven en la obligación de ser a la vez ejecutores y objetos del mismo, y nos atrevemos a decir que sus performances tienen apenas el alcance de un vicio solitario.

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Cuento corto de Antón Chéjov: Una mujer sin prejuicios

 Cuento, Chéjov,

Maxim Kuzmich Salutov es alto, fornido, corpulento. Sin temor a exagerar, puede decirse que es de complexión atlética. Posee una fuerza descomunal: dobla con los dedos una moneda de veinte kopecs, arranca de cuajo árboles pequeños, levanta pesas con los dientes; y jura que no hay en la tierra hombre capaz de medirse con él. Es valiente y audaz. Causa pavor y hace palidecer cuando se enfada. Hombres y mujeres chillan y enrojecen al darle la mano. ¡Duele tanto! No hay modo de oír su bella voz de barítono, porque hace ensordecer. ¡El vigor en persona! No conozco a nadie que le iguale.

¡Pues esa fuerza misteriosa, sobrehumana, propia de un buey, se redujo a la nada, a la de una rata muerta, cuando Maxim Kuzmich se declaró a Elena Gavrilovna! Maxim Kuzmich palideció, enrojeció, tembló; y no hubiera sido capaz de levantar una silla en el momento en que hubo de extraer de su enorme boca el consabido «¡La amo!». Se disipó su energía y su corpachón se convirtió en un gran recipiente vacío.

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Clarice Lispector, la mujer de café y cacao

Clarice Lispector, fragmentos literarios

Clarice,

pantera,

mirada leona,

actitud felina.

El pelo, una selva tupida.

La piel, una alfombra de miel.

Y manos a la obra:

Mirar, observar, pensar y escribir.

Que te lean los hombres,

pero sobre todo las mujeres.

Que te eschuchen sabios y profanos.

Campo fertil, tierra arada, surco abierto.

Tienes que ser bella y no temerle a la edad.

La escritora brasileña de origen ruso Clarice Lispector fue Tereza Quadros, Helen Palmer e Ilka Soares a la vez. ¿Cómo? Escribía en los diarios y leía pequeñas viñetas en una radio, sobre cocina y belleza, comentaba de esto y aquello, siempre con un sentido simple e inteligente, y hasta daba consejos para hacer el amor. En este afán utilizaba varios seudónimos.

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Cuento de Rudyard Kipling: El cuento más hermoso del mundo

 Rudyard Kipling, el cuento más hermoso del mundo

Se llamaba Charlie Mears; Era hijo único de madre viuda; vivía en el norte de Londres y venía al centro todos los días, a su empleo en un banco. Tenía veinte años y estaba lleno de aspiraciones. Lo encontré en una sala de billares, donde el marcador lo tuteaba. Charlie, un poco nervioso, me dijo que estaba allí como espectador; le insinué que volviera a su casa.

Fue el primer jalón de nuestra amistad. En vez de perder tiempo en las calles con los amigos, solía visitarme, de tarde; hablando de sí mismo, como corresponde a los jóvenes, no tardó en confiarme sus aspiraciones: eran literarias. Quería forjarse un nombre inmortal, sobre todo a fuerza de poemas, aunque no desdeñaba mandar cuentos de amor y de muerte a los diarios de la tarde. Fue mi destino estar inmóvil mientras Charlie Mears leía composiciones de muchos centenares de versos y abultados fragmentos de tragedias que, sin duda, conmoverían el mundo. Mi premio era su confianza total; las confesiones y problemas de un joven son casi tan sagrados como los de una niña. Charlie nunca se había enamorado, pero deseaba enamorarse en la primera oportunidad; creía en todas las cosas buenas y en todas las cosas honrosas, pero no me dejaba olvidar que era un hombre de mundo, como cualquier empleado de banco que gana veinticinco chelines por semana. Rimaba «amor y dolor», «bella y estrella», candorosamente, seguro de la novedad de esas rimas. Tapaba con apresuradas disculpas y descripciones los grandes huecos incómodos de sus dramas, y seguía adelante, viendo con tanta claridad lo que pensaba hacer, que lo consideraba ya hecho, y esperaba mi aplauso.

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